El mito de Prometeo

 

Leer y responder en una hoja las cuatro preguntas a manera de un único texto (sin enunciar las preguntas), respetando la estructura de textos argumentativos.

Quién era Prometeo?

Cómo traicionó a los dioses?

Cómo ayudó a los hombres?

Qué representa el fuego?

Cómo se construye la inteligencia?

 

EL MUNDO DE LOS HUMANOS

EL ASTUTO PROMETEO

El reparto entre los Titanes y los Olímpicos ha sido el resultado de una lucha en la que han predominado la fuerza y la dominación brutal. Una vez terminado el primer reparto, los Olímpicos han mandado a los Tita­nes al Tártaro, han cerrado a cal y canto las puertas de esta prisión subterránea y tenebrosa y, después, se han instalado colectivamente en lo alto del cielo. Hubo que resolver los problemas surgidos entre ellos. Zeus está encargado de efectuar el reparto de los poderes, ya no imponiéndolo mediante la violencia brutal, sino gracias a un acuerdo consensuado entre todos los Olímpicos. Entre los dioses, el reparto se efectúa al final de un conflicto abierto o me­diante un acuerdo, que, si no siempre es entre iguales, por lo menos, es entre aliados y parientes, solidarios de una misma causa, participantes en un mismo combate.

 

¿Cómo repartir prebendas y honores entre los dioses y los hombres? En este caso ya no es imaginable la utilización de la violencia brutal. Los humanos son demasiado débiles, bastaría con un papirotazo para reducirlos a nada. Los inmortales tampoco pueden ponerse de acuer­do con los mortales como harán con sus iguales. De modo que se impone una soluci6n que no provenga de la supremacía de la fuerza ni de un acuerdo entre iguales. Para alcanzar una solución de este tipo, necesariamente híbrida y sesgada, Zeus recurre a un personaje llamado Prometeo. También participará de la decisión un tanto heterodoxa a la que se recurrirá para separar a los dio­ses de los hombres y resolver la competición que se establece entre ellos. ¿Por qué Prometeo es el personaje del momento? Porque, en el mundo de los dioses, ocupa una posición ambigua, poco definida y paradójica. Lo llaman Titán. En realidad, es hijo de Japeto, hermano de Cronos. Por consiguiente, su padre es un Titán, pero él no, aunque tampoco es un Olímpico, porque no pertenece a este linaje. Posee una naturaleza titánica, al igual que su hermano Atlante, que también será castigado por Zeus.

Prometeo es de espíritu rebelde, astuto e indisciplinado, siempre dispuesto a la crítica. ¿Por qué Zeus le encarga la solución de este problema? Porque, aun siendo en parte un Titán, no ha luchado con los Titanes contra Zeus. Ha adoptado una posición de neutralidad y no ha tornado partido en el combate. Se cuenta incluso, en mu­chas tradiciones, que Prometeo ha ayudado a Zeus y que, sin los consejos que le ha prodigado porque es un pillo tipo listo, éste no habría triunfado. En este sentido, es un aliado de Zeus. Un aliado pero no un súbdito: no está en el bando de Zeus, es autónomo, actúa por su cuenta y riesgo.

Zeus y Prometeo comparten varias características comunes en el plano de la inteligencia y el ingenio. Los dos se definen por una mente sutil y retorcida, por una cualidad que Atenea personificará entre los dioses y Ulises entre los hombres: astucia. El astuto consigue salir del trance en casos en que la situación parece totalmente desesperada y encuentra una salida cuando todo parece atascado, y para llevar a cabo sus intenciones no titubea en mentir ni disponer trampas para engañar al adversario, y utiliza todas las artimañas imaginables. Zeus y Prometeo compar­ten la misma manera de ser. Tienen esa cualidad en común. Al mismo tiempo, existe una distancia infinita entre ellos. Zeus es un rey, un soberano que concentra todo el poder en sus manos. Desde ese punto de vista, Prometeo no puede rivalizar con él. Los Titanes eran los rivales de los Olímpicos, y Cronos el rival de Zeus, pues pretendía conservar la soberana que Zeus ansiaba arrebatarle. Pro­meteo jamás piensa en ser rey, en ningún momento compite en ese plano con Zeus. El mundo creado por Zeus, este mundo surgido del reparo, es un mundo jerárquico y ordenado de acuerdo con diferentes niveles y rangos de posición y de honor, y es el mundo al que pertenece Pro­meteo, aunque ocupe en él un lugar bastante difícil de definir. Y todavía hace más difícil esa definición el hecho de que Zeus le condenará y le hará encadenar antes de liberarlo y de reconciliarse con él, cosa que señala en su destino personal un movimiento de ida y vuelta entre la hostilidad y la concordia. En pocas palabras, cabría decir que Prometeo personifica en ese universo ordenado la contestación interior. No quiere usurpar el sitio de Zeus, pero, en el orden que este instituye, es la vocecita contestataria, algo así como un mayo del 68 en el Olimpo, en el interior del mundo divino.

Prometeo está en una relación de complicidad y de conaturalidad con los hombres. Su condición esta prima a la de los humanos, porque estos también son criaturas ambiguas que poseen ciertos rasgos divinos —comparten, al principio, su existencia con los dioses pero los compaginan con otros más propios de las bestias. Así pues, se da en los hombres, al igual que en Prometeo, una situaci6n contradictoria.

 

 

 

UNA PARTIDA DE AJEDREZ

 

Contemplemos la escena. Los dioses y los hombres están reunidos como de costumbre. Zeus se halla en el lugar de honor y encarga a Prometeo que haga el reparto. ¿Qué hará? Trae una enorme res, un toro soberbio, que sacrifica y después descuartiza. Parte a ese animal en dos trozos. Cada uno de ellos, tal como ha sido preparado por Pro­meteo, expresará la diferencia de condición entre dioses y hombres. Esto significa que la frontera del corte dibujará la que separara a los hombres de los dioses.

 

¿Cómo actúa Prometeo? Igual que se hace en el sacrificio normal griego: el animal es abatido, despellejado y, a continuaci6n, comienza el reparto. En especial, la primera operación consiste en descarnar por completo los huesos largos, los huesos de las extremidades anteriores y posteriores, los óstea leaka, que se mondan hasta dejarlos completamente pelados. Una vez realizado este trabajo, Pro­meteo junta todos los huesos del animal, los pone a un lado y cubre esta parte con una fina capa de lardo blanco y apetitoso. Ya tiene hecho el primer lote. A continuación, prepara el segundo. En este, Prometeo coloca todas las kréas, las carnes, lo comestible. Y cubre la carne del animal con su piel. Este lote, que contiene toda la parte comesti­ble del animal, cubierta por su piel, es colocado a su vez en la gastér de la res, en el estómago, la panza viscosa, fea y desagradable a la vista, del buey.

 

Así se presenta este reparto: a un lado, un lardo blan­co y apetitoso que cubre únicamente unos huesos mondos y lirondos, y al otro una panza poco apetitosa que lleva en su interior todo lo que es bueno para comer. Prometeo presenta las dos partes en la mesa delante de Zeus. De acuerdo con la elección de éste se perfilará la frontera en­tre los hombres y los dioses. Zeus mira ambos lotes y dice: «Vaya, Prometeo, tú, que eres tan listo y tan pillo, has he­cho un reparto muy desigual.» Prometeo le mira con una sonrisita. Está claro que Zeus se ha dado cuenta de la treta, pero acepta las reglas del juego. Le propone ser el primero en elegir, y Zeus lo acepta. Así pues, con un aire de absoluta satisfacción, toma la parte más atractiva, el montón de apetitoso lardo blanco. Todo el mundo le contempla mientras desenvuelve el paquete y encuentra los blancos huesos completamente pelados, Zeus manifiesta entonces una ira espantosa contra aquel que ha pretendido engañarle.

Así termina el primer acto de una historia que cuenta, por lo menos, con tres. Al final de ese primer episodio del relato aparece establecida la manera como los hombres entran en relación con los dioses, a través del sacrificio, como el que Prometeo ha realizado al ofrecer el animal. Encima del altar, fuera del templo, arden unas plantas aromáticas que desprenden un humillo perfumado, en las que depositan después los huesos pelados. La parte de los dioses son esos huesos mondos y lirondos, rebozados de reluciente lardo, que suben a los cielos en forma de humareda. Los hombres, por su lado, reciben el resto de la bestia, que consumirán asado o cocido. En largos pinchos de hierro o bronce ensartan pedazos de carne, de hígado, en especial, y de otras partes igual de apetecibles que asan directamente sobre el fuego. Hay pedazos que son colocados para que hiervan en grandes marmitas. Asar algunas piezas, hervir otras: a partir de ahora, los hombres deben co­mer la carne de los animales sacrificados y envían a los dioses su parte, es decir, el humo oloroso.

 

Esta historia es asombrosa, ya que da a entender que Prometeo ha conseguido engañar a Zeus al entregar a los hombres lo mejor del sacrificio. Prometeo ofrece a los hom­bres la parte comestible, camuflada y oculta bajo una apariencia incomestible y repugnante, y, a los dioses, la parte no comestible, envuelta, oculta y disimulada bajo la apariencia de un lardo apetitoso y de un blanco radiante. En su reparto obra de manera falaz, ya que la apariencia es engañosa. Lo bueno se disimula bajo la fealdad y lo malo es hecho apetecible recubriéndolo con algo atractivo. Pero ¿ha dado realmente a los hombres la parte mejor? También en ese punto reina la ambigüedad. Está claro que los hombres reciben la parte comestible del animal sacrificado, pero es que los hombres necesitan comer. Su condición es la antítesis de la de los dioses, pues no pueden vivir sin alimentarse continuamente. Los hombres no son autosuficientes, necesitan buscar recursos energéticos en el mundo que los rodea, a falta de los cuales perecen. Lo que define a los humanos es que comen el pan y la carne de los sacrificios, y que beben el vino de la vid. Los dioses, en cambio, no necesitan comer. No conocen el pan, ni el vino, ni la carne de los animales sacrificados. Viven sin alimentarse; solo ingieren unos pseudoalimentos, el néctar y la ambrosia, que confieren la inmortalidad. Así pues, la vitalidad de los dioses tiene otra naturaleza que la de los humanos. Esta es una subvitalidad, una subexistencia, una subfuerza: una energía perecedera. Necesitan alimentarla continuamente. Así que un ser humano ha realizado un esfuerzo, se siente fatigado y hambriento. En otras palabras, en el reparto operado por Prometeo, la parte mejor es la que, con la apariencia más apetitosa, oculta los huesos mondos y lirondos. En efecto, los huesos pelados representan lo que el animal o el ser humano posee como algo realmente precioso, algo inmortal, pues son incorruptibles y forman la arquitectura del cuerpo. La carne se deshace y se corrompe, pero el esqueleto representa el elemento permanente. Lo que el animal tiene de incomible es lo que no es mortal, lo inmutable, lo que, por consiguiente, más se acerca a lo divino. A los ojos de los que han imaginado estas historias, los huesos son mucho más importantes porque contienen el tuétano, ese líquido que, para los griegos, está relacionado con el cerebro y, también, con la simiente masculina. El tuétano representa la vitalidad de un animal en su continuidad a lo largo de las generaciones, ya que garantiza la fecundidad y la descendencia. Es la señal de que no se es un individuo aislado, sino un eslabón de la cadena de la vida.

Lo que finalmente se ofrece a los dioses mediante la mascarada ideada por Prometeo es la vitalidad de la bestia, mientras que lo que reciben los hombres, la carne, solo es el animal muerto. Los hombres tienen que alimentarse de cadáveres; el carácter mortal que simboliza ese reparto es decisiva A partir de ahora los humanos serán los mortales, los efímeros, al contrario que los dioses, que serán los no mortales. Gracias a esta distribución del alimento, los humanos quedan marcados con el sello de la mortalidad, mientras que los dioses gozaran de la perennidad. Es algo que ha visto muy bien Zeus.

Si Prometeo se hubiera limitado a hacer dos partes, por un lado los huesos y por otro la carne, Zeus habría podido elegir los huesos y la vida del animal. Pero, co­mo todo estaba falseado por las apariencias engañosas, como la carne estaba oculta en la gastér, en la panza, y los huesos estaban disimulados bajo el lardo reluciente, Zeus comprende que Prometeo ha querido engañarlo. Así que decide castigarlo. De hecho, esta sucesión de artimañas que se establece entre Zeus y el Titán, con la que ambos intentan engañar al otro, viene a ser una especie de partida de ajedrez, una serie de jugadas pensadas para derrotar al adversario, para darle jaque mate. Aunque las astucias del Titán lo pusieron nervioso en más de una ocasión, al final Zeus gano la partida.

 

 

UN FUEGO MORTAL

 

En el transcurso del segundo acto Prometeo pagara por su fraude. Tras el engaño de que ha sido objeto, Zeus decide negar a los hombres tanto el fuego como el trigo. Al igual que en el juego del ajedrez, cada movimiento responde a otro: Prometeo había ocultado la carne en algo repugnante y los huesos, por el contrario, en algo que resultaba apetitoso. Zeus se dispone a vengarse. En el marco del chantaje entre los dioses y los hombres, Zeus quiere sustraer a los hombres lo que antes tenían a su alcance. Hasta entonces, estos disponían libremente del fuego por­que el fuego de Zeus, el fuego del rayo, se encontraba en la copa de algunos árboles, los fresnos, de donde los hom­bres no tenían más que cogerlo. El mismo fuego circulaba entre los dioses y los hombres a través de esos grandes árboles en los que Zeus lo depositaba. Así pues, los hombres disponían del fuego igual que disponían de los alimentos: los cereales, que crecían por sí solos, y la carne, que ya se presentaba cocida. Zeus oculta el fuego, situación de lo más desagradable para los hombres, ya que han de cocinar la carne del animal sacrificado para poderla comer. Los mortales no son caníbales ni animales salvajes que comen la carne cruda. Solo pueden comerla si está cocinada, es decir hervida o asada.

 

Quedarse sin fuego es una catástrofe para los hom­bres. Zeus se siente regocijado. Prometeo idea entonces una añagaza. Fingiendo indiferencia, sube al cielo, por donde se pasea como un viajero curioso con una planta en la mano, un tallo de hinojo de intenso color verde. El hinojo tiene una característica especial: en cierto modo, su estructura es la opuesta de la de las demás plantas. En efecto, estas se hallan secas por fuera, donde se encuentra la corteza, y húmedas por dentro, por donde circula la savia. Por el contrario, el hinojo es húmedo y verde por fue­ra, pero está seco por dentro. Prometeo se apodera de una semilla del fuego de Zeus, spérma pyrós, y la introduce en el hinojo, que comienza a arder por dentro a lo largo de su tallo. Prometeo baja de nuevo a la tierra, siempre como un viajero curioso que se pasea llevando en la mano un ta­llo de hinojo. Pero en el interior de la planta chisporrotea el fuego. Ese fuego, sacado de una semilla del fuego celes­tial, es entregado por Prometeo a los hombres. Entonces encienden sus hogares y cuecen la carne. Zeus, recostado en lo alto del cielo, contentísimo de su brillante idea de ocultar el fuego, ve brillar de repente su resplandor en todas las casas. Se enfurece. Vemos aquí que Prometeo utiliza el mismo procedimiento del que se había servido para el reparto del sacrificio. Juega de nuevo con la oposición entre lo interno y lo externo, con la diferencia entre la apariencia exterior y la realidad interior.

Al mismo tiempo que el fuego, Zeus había ocultado a los hombres el bíos, la vida. Es decir, el alimento vital, los cereales, el trigo, la cebada. Ya no da el fuego, y tampoco da los cereales. En la época de Cronos, y en el mundo de Mecone, el fuego estaba al alcance de los hombres en los fresnos, los cereales crecían por sí solos y no era necesario trabajar la tierra. No existían el trabajo ni la labranza. El hombre no tenía que participar activamente en la recolección de su sustento. No estaba sometido al esfuerzo, ni a la fatiga, ni al agotamiento, para conseguir los alimentos que necesitaba para vivir. Ahora, por elección de Zeus, lo que era espontaneo se convierte en laborioso y difícil. El trigo está oculto.

De la misma manera que Prometeo tuvo que disimular una semilla de fuego en una planta para transportarla a la morada de los hombres, ahora los pobres humanos tendrán que ocultar la semilla de trigo y los granos de cebada en el vientre de la tierra. Hay que labrar surcos en su piel a fin de ocultar la semilla para que germine la espiga. En suma, de repente se hace necesaria la agricultura. Habrá que ganarse el pan con el sudor de la frente, transpirando sobre los surcos y arrojando allá las semillas. Pero también será preciso procurar conservar la semilla de un año para otro y no comer todo lo que se ha producido. Harán falta vasijas para almacenar en la casa del agricultor esas cosechas que no se pueden consumir por completo. Sera in­dispensable guardar una reserva para que en la primavera, en la difícil unión del invierno con la nueva cosecha, los hombres no pasen hambre.

De la misma manera que existe la sperma del fuego, existe la del trigo. A partir de ese momento, los hombres se ven obligados a trabajar para vivir. Recuperan el fuego, pero es un fuego que, al igual que el trigo, ya no es lo que era antes. El fuego que Zeus ha ocultado es el fuego ce­lestial, el que Zeus tiene en la mano permanentemente, un fuego que no disminuye jamás y nunca desaparece: un fuego inmortal. El fuego del que disponen ahora los hom­bres, a partir de esa semilla de fuego, es un fuego que ha «nacido», ya que ha salido de una semilla, y, por consiguiente, es un fuego mortal. Sera preciso mantenerlo y vigilarlo. Ese fuego tiene un apetito semejante al de los mortales. Si no es alimentado continuamente, se apaga. Los hombres lo necesitan, y no solo para calentarse, sino también para comer. Al contrario que los animales, no devoran la carne cruda, por lo que tienen que cocinarla. Y hacerlo exige seguir un ritual y atenerse a unas reglas para que los alimentos queden guisados.

Para los griegos, el trigo es una planta cocida por el ardor del sol, pero también por el trabajo de los hom­bres. A continuación, hay que cocinarlo en la panadera, metiéndolo en el horno. Así pues, el fuego se convierte realmente en la marca de la cultura humana. El fuego prometeico, sustraído con astucia, es realmente un fue­go «técnico», un procedimiento intelectual, que diferencia a los hombres de los animales y consagra su carácter de criaturas civilizadas. Sin embargo, en la medida en que el fuego humano, al contrario que el divino, necesita ser encendido para vivir, tiene también algo de bestia salvaje, pues su violencia, cuando se desencadena, ya no puede detenerse. Lo abrasa todo, no solo el alimento que se le da, sino también las casas, las ciudades, los bosques; es una especie de bestia ardiente y hambrienta a la que nada satisface. A causa de su carácter extraordinariamente ambiguo, el fuego subraya la especificidad del hombre, sugiere incesantemente tanto su origen divino como su condición bestial, depende de los dos, al igual que el propio hombre.

 

 

PANDORA O LA INVENCION DE LA MUJER

 

Llegados a este punto, cabría pensar que la historia ha concluido. Pero no es así. Comienza el tercer acto. Está claro que los hombres poseen la civilización, pues Prome­teo les ha entregado todas las técnicas. Antes de su intervención, vivían en grutas como las hormigas, miraban sin ver, escuchaban sin oír, no poseían nada; pero después, gracias a él, se han convertido en seres civilizados, diferentes de los animales y de los dioses. Pero la lucha de astucias entre Zeus y Prometeo no ha terminado, Zeus ha ocultado el fuego, Prometeo se lo ha robado; Zeus ha ocultado el trigo, los hombres trabajan para ganarse su pan. Pero Zeus todavía no está satisfecho, considera que la derrota de su adversario no es total. Partiéndose de risa, como es su costumbre, idea una nueva contrariedad para fastidiarlo. Tercer acto.

Zeus convoca a Hefesto, Atenea, Afrodita y algunas deidades menores, como las Horas. Ordena a Hefesto que moje arcilla con agua y modele una especie de maniquí con rostro de parthénos, de mujer, o, más exactamente, de doncella, de mujer núbil, todavía soltera. Así pues, Hefestos modela una especie de maniquí, de estatua, con las facciones agraciadas de una hermosa joven. A continuación le corresponde a Hermes darle vida y conferirle la fuerza y la voz de un ser humano, así como otros detalles que se mencionaran a medida que avance el relato. Zeus pide entonces a Atenea y Afrodita que la vistan y resalten su belleza con el resplandor de los atavíos asociados al cuerpo femenino, los ornamentos, las joyas, los ceñidores y las diademas. Atenea le da una apariencia tan soberbia, brillante y luminosa como la del blanco lardo que rodeaba los huesos en el primer acto de este relato. La belleza de la joven reluce en todo su esplendor. Hefesto coloca sobre su cabeza una diadema que sujeta un velo de novia. La diadema está adornada con una decoración animal en la que se representan todas las bestias que pueblan el mundo, los pájaros, los peces, los tigres y los leones. La frente de la muchacha deslumbra con la vitalidad de todos los animales. Es un espectaculo esplendido, thauma idesthaí, una maravilla que deja transido de estupor y completamente enamorado.

Alii esta la primera mujer, delante de los dioses y los hombres, todavía reunidos. Es un maniquí fabricado, pero no a imagen y semejanza de una mujer, ya que todavía no existe ninguna. Es la primera mujer, el arquetipo de la mujer. Lo femenino ya exista, porque existían las diosas. Este ser femenino ha sido modelado como una parthénos, a imagen y semejanza de las diosas inmortales. Los dioses han creado un ser de tierra y agua, al que han dotado del vigor, sthe’nos, y la voz, phone, de un ser humano. Pero Hermes pone también en su boca unas palabras falaces, la dota de una mente de perra y de un temperamento de ladrón. Este maniquí, que es la primera mujer, del que ha salido toda la «raza de las mujeres», se presenta, como las partes del sacrificio o el hinojo, con un exterior engañoso. No es posible contemplarlo sin sentirse extasiado y hechizado. Posee la belleza de las diosas inmortales y su apa­riencia es divina. Hesfodo lo dice claramente: quedas deslumbrado. Su belleza, realzada por las joyas, la diadema, el traje y el velo, es hechicera. De ella se desprende la charts, una gratia infinita, un resplandor que sumerge y domina al que la ve. Su chdris es infinita y múltiple, polle chdris. Hombres y dioses caen rendidos a su encanto. Pero su in­terior esconde otra cosa. Su voz le permitirá convertirse en la compañera del hombre, ser su doble humano. Conversaran. Pero no se ha dado la palabra a la mujer para decir la verdad y expresar sus sentimientos, sino para mentir y ocultar sus emociones.

Está claro que de la descendencia de la Noche nacieron todos los males, la muerte, las matanzas y las Erinias, pero también ciertos entes que cabría traducir como «palabras falaces o seductoras», «unión o ternura amorosa». Ahora bien, desde su nacimiento, Afrodita también va acompañada de palabras falaces y atracci6n amorosa. Lo más tenebroso y lo más luminoso, lo que resplandece de felicidad y la más sombría lucha se juntan y toman la for­ma de esos embustes, de esa seducción amorosa. Fijémonos, por ejemplo, en Pandora, luminosa a la manera de Afrodita y semejante a una criatura de la Noche, hecha de mentiras y de coqueterías. Zeus no crea esa parthénos para los dioses, sino exclusivamente para los mortales. De la misma manera que se había librado de la discordia y la violencia enviándoselas a los mortales, Zeus les destina esa figura femenina.

Prometeo se siente vencido de nuevo. Comprende inmediatamente la desgracia que le espera al pobre género humano al que intenta favorecer. Como su nombre indica, Prometeo es el que comprende de antemano, el que prevé, mientras que su hermano, que se llama Epimeteo, es el que comprende todo cuando ya ha ocurrido, epi, demasiado tarde, aquel al que siempre se la dan con queso y está permanentemente decepcionado, que no ha previsto nunca nada. Nosotros, pobres y desdichados mortales, somos siempre y simultáneamente prometeicos y epimeteicos, podemos prever, hacer planes, y, las más de las veces, el curso de las cosas es contrario a nuestras expectativas, nos sorprende y nos pilla indefensos. Pues bien, Prometeo comprende lo que va a ocurrir y avisa a su hermano diciéndole: «Escúchame, Epimeteo, si alguna vez los dioses te mandan un regalo, es muy importante que no lo aceptes y lo devuelvas al lugar de donde ha venido.» Evidentemente, Epimeteo jura que no lo aceptara. Pero he aquí que los dioses le mandan el ser más encantador ima­ginable. Tiene ante si a Pandora, el regalo de los dioses a los humanos. Llama a su puerta y Epimeteo, maravillado y deslumbrado, se la abre de par en par y la deja meterse en su morada. A la mañana siguiente, está casado y Pan­dora se ha instalado como esposa entre los humanos. Así comienzan todas las desdichas de estos.

Ahora la humanidad es doble, ya no está constituida únicamente por seres de sexo masculino. La componen dos sexos diferentes, ambos necesarios para la reproducción humana. A partir del momento en que la mujer ha sido creada por los dioses, los hombres ya no surgen por generación espontanea, sino que nacen de las mujeres. Para reproducirse, los mortales tienen que aparearse, y eso desencadena un movimiento en el tiempo que es diferente.

¿Por qué, según los relatos griegos, Pandora, la primera mujer, tiene un corazón de perra y un temperamento de ladrón? Es algo que guarda relación con los dos primeros actos de este relato. Los hombres ya no disponen del trigo y el fuego como antes, con absoluta naturalidad, sin ningún esfuerzo y en todo momento. A partir de ahora el trabajo forma parte de la existencia; los hombres llevan una vida difícil, parca y precaria. Tienen que limitarse constantemente. El campesino dobla el espinazo sobre su campo a cambio de una escasa cosecha. Los hombres jamás disponen de suficientes bienes; necesitan, por tanto, ser austeros y prudentes para no gastar mas de lo necesario. Ahora bien, Pandora, al igual que todo el genos, toda la «raza» de seres femeninos que han salido de ella posee, precisamente, la característica de mostrarse siempre insatisfecha, reivindicativa e incontinente. No se conforma con lo que hay, pues siempre es poco para ella. Quiere sentirse ahíta y colmada. Es lo que expresa el relato al precisar que Hermes le ha dado un «espiritu de perra». Su condición de perra es de dos tipos. En primer lugar, de tipo alimenticio. Pandora posee un apetito voraz, jamás se harta de comer, tiene que estar siempre sentada a la mesa. Es posible que conserve el vago recuerdo o el sueño de aquella época bendita de la edad de oro en Mecone, cuando, en efecto, los humanos estaban siempre a la mesa sin tener que hacer nada. En cualquier hogar donde haya una mujer reina un hambre insaciable, un hambre voraz. En este sentido, la situación es semejante a lo que ocurre en las colmenas. Por una parte, están las abejas obreras, que, desde primera hora de la mañana, vuelan por los campos, se posan en las flores y liban el néctar, que transportan a su colmena. Por otra parte, están los zánganos, que jamás abandonan la colmena y nunca están ahítos. Consumen toda la miel que las obreras han ido depositando pacientemente. Lo mismo ocurre en las casas de los humanos; por una parte están los hombres, que sudan en los campos, doblan el espinazo para abrir los surcos, vigilar y despues recoger el grano, y, por otra parte, en el interior del hogar, están las mujeres, que, al igual que los zánganos, engullen la cosecha.

No solo engullen y agotan todas las reservas, sino que la razón principal por la que una mujer intenta seducir a un hombre es conseguir el dominio sobre la provisión de alimentos, ser su dueña. Con la habilidad de sus frases se­ductoras, de su espíritu embustero, de sus sonrisas y de su «grupa emperifollada», como escribe Hesíodo, la mujer baila ante el joven soltero la danza de la seducción porque, en realidad, mira de reojo el granero. Y todos los hombres, como hizo en primer lugar Epimeteo, deslumbrados y maravillados por esas apariencias, se dejan seducir.

No solo las mujeres tienen un ansia de alimentos que arruina la salud de sus maridos, porque jamás llevan suficiente comida al hogar, sino que, además, tienen un apetito sexual especialmente devorador. Clitemnestra, u otras esposas bien conocidas por haber engañado a sus maridos, dicen sin ambages que han sido la perra que cuida de la casa. Está claro que hay que entender ese temperamento de perra en su sentido sexual.

Las mujeres, incluso las mejores, las que poseen un carácter mesurado, tienen una característica especial, según los griegos: al haber sido hechas con arcilla y agua, su temperamento pertenece al universo húmedo. Mientras que los hombres poseen un temperamento más emparentado con lo seco, lo cálido, lo ígneo.

En determinadas estaciones, en especial en la que se llama la canícula, la estación del perro, es decir, cuando Sirio, el Perro, es visible en el cielo, muy cerca de la tierra, cuando el sol y la tierra están en conjunción, cuando hace un calor atroz, los hombres se agotan de lo secos y débiles que están. Las mujeres, por el contrario, gracias a su humedad, se esponjan. Exigen de su esposo unas atenciones maritales que los dejan exhaustos.

Prometeo, al urdir la treta que consistía en robar el fuego a Zeus, provoca una respuesta encarnada por la mu­jer, sinónimo de fuego rapaz, que Zeus ha creado para trastornar a los hombres. En efecto, la mujer, la esposa, es un fuego que abrasa continuamente a su marido, día tras día, que le reseca y envejece antes de tiempo. Pandora es un fuego que Zeus introduce en el hogar y abrasa a los hombres sin mostrar ninguna llama. El envío del fuego ladrón es la respuesta al robo del fuego. ¿Qué hacer en tales circunstancias? Si realmente la mujer solo fuera ese espíritu de perra, esa embustera que solo mira el granero con «grupa emperifollada» y mata a sus maridos envejeciéndolos antes de tiempo, estos habrían intentado, sin duda, prescindir de sus esposas. Pero también en este caso se oponen lo interior y lo exterior. La mujer, por su voracidad, su animalidad y su apetito sexual, es una gaster, una panza, un vientre. Representa, en cierto modo, lo que tie­ne de animal la especie humana, su componente de bestialidad. En tanto que gaster, almacena todas las riquezas de su marido. Cuando Prometeo ocult6 la parte de alimento que reservaba a los hombres en la gaster del buey, no se imaginaba las consecuencias de su acción. También en este aspecto es víctima de su propia astucia. A partir de entonces se presenta el siguiente dilema: si un hombre se casa, su vida será seguramente un infierno, a menos de tropezar con una esposa excepcional, cosa que no es corriente. Así pues, la vida conyugal es un infierno y los ma­les se multiplican. En cambio, si el hombre no se casa, podrá tener una vida feliz, nadara en la abundancia, jamás carecerá de nada, pero en el momento de morir, a quien corresponde  el patrimonio que haya acumulado? Se dispersara e ira a manos de parientes colaterales por los que no siente ningún afecto especial. Si se casa, desencadena una catástrofe, y si no, también.

La mujer es doble. Es la barriga, el vientre que engulle todo lo que su marido ha recogido penosamente a cambio de su esfuerzo, su trabajo y su fatiga, pero ese vientre también es el único capaz de producir lo que prolonga la vida de un hombre, un hijo. El vientre de la mujer aparece, contradictoriamente, como la parte tenebrosa de la vida humana, la que conduce a su agotamiento, pero también como la parte de Afrodita, la que aporta nuevos nacimientos. La esposa encarna la voracidad que destruye y la fecundidad que produce. Resume todas las contradicciones de nuestra experiencia. Al igual que el fuego, es a un tiempo la personificación de lo específicamente humano, por­que solo los hombres se casan. El matrimonio distingue a los hombres de las bestias, que se aparean como si comieran, al azar de los encuentros, de cualquier manera. Así pues, la mujer es símbolo de una vida civilizada; no hay que olvidar que ha sido creada a imagen y semejanza de las diosas inmortales. Cuando se mira a una mujer, se ve a Afrodita, Hera o Atenea. Es, en cierto modo, la presencia de lo divino en esta tierra, por su belleza, su seducción y su chdris. La mujer conjuga lo más vil y lo más elevado de la vida humana. Oscila entre los dioses y las bestias, que es lo propio de la humanidad.

 

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